Category Archives: Sociedad

Conectarse con humanos

El comercial publicitario de una compañía de telefonía celular de Tailandia, Dtac, es muy claro. Muestra una tendencia que seguramente todos notamos, y más aún, muchos somos parte de ella: la utilización de teléfonos inteligentes para mirar mails o chatear mientras estamos acompñados de otras personas. Y señala la importancia de “conectar para desconectarse”, tal como se llama la campaña.

En lo que a mi respecta, soy un defensor de la tecnología para mejorarnos la calidad de vida, pero también propugno permanentemente el encuentro, en mi familia, entre amigos, entre colegas… creo que el contacto personal provee una energía imposible de reemplazar con la tecnología.

Visto en: Hellooo

Las dudas de la gripe influenza A (H1N1)

Imperdible entrevista de Nora Bar en La Nación al virólogo Pablo Goldschmidt, científico argentino que vive en París, que plantea interesantes dudas y preguntas. “¿Circuló ya en el país el H1N1? ¿Alguien lo registró? ¿Nadie?… Entonces, ¿cómo se difunde la idea de una epidemia, si no se compararon la morbilidad y la mortalidad con datos del pasado? ¿Por qué la mortalidad es mayor en los países pobres que en los ricos? ¿Por qué es más alta en centros de salud con recursos extremadamente modestos?”

El especialista ensaya algunas posibles respuestas, pero lo más importante es que deja sus dudas en claro sobre el acierto con el cual se está manejando el tema, tanto a nivel oficial como mediático. Igual, dar crédito a sus dudas no es pretender ve conspiraciones detrás de cada recomendación, como fácilmente hacemos los argentinos.

Aquí la nota completa, vale la pena.

Deporte fácil: pegarle al psicoanálisis

Psicologo

Hasta las personas que tiene acceso a los mejores recursos, estudios y que se codean en los ambientes más exigentes suelen cometer actos torpes y desinformados. Hago esta introducción para referirme a un post de Martin Varsavsky, a quien tuve la oportunidad de entrevistar hace algunas semanas, y elogiar por algunas de sus virtudes, que justamente no son las que me llevan a escribir esto. El empresario argentino radicado en España arremete contra el psicoanálisis con un post que me resulta increíble que lo haya escrito alguien con su cultura y formación. Y me quedé con tantas cosas en la cabeza, que no quise dejarlas allí, aunque este post no pretende contestarle -poco puede importarle a Varsavsky lo que yo opine-, ni defender una profesión a la que no pertenezco ni tengo parientes cercanos ni lejanos. Fui paciente de cuatro psicólogos, de distintas filosofías, soy paciente nuevamente este año, y creo que mucha gente que denigra el psicoanálisis lo hace por ignoracia o por temor a abrir temas que pueden resultarle duros de vivir y revisar. Separo aquí a gente que tiene críticas, que son más que aceptables, hasta comparto algunas.

Vale la pena entonces despuntar el vicio de escribir este post para intercambiar ideas. Intentaré puntualizar algunas ideas que pensé cuando leía el artículo:

– Que el psicoanálisis tiene en la Argentina una fuerte expresión en comparación con otros países es una realidad innegable. Pero de ahí saltar rápidamente a dar por sentado que todo aquél que se psicoanaliza en la Argentina crea que es una ciencia, y que los psicólogos no le digan nada a sus pacientes hay un abismo. Los pacientes de un psicólogo ortodoxo escucharán tal vez menos cosas que aquéllos que siguen con un profesional con otra filosofía, pero cuando leí eso me vinieron a la mente innumerables situaciones donde mis psicólogos me dijeron cosas que me ayudaron mucho en mi vida.

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¿Comunicación es periodismo?

Estaba en el restaurant-bar Andén, de Santa Fe y Arévalo, desgrabando unas entrevistas luego de ver ganar con lo justo a mi River, así que me concentraba con mis auriculares en entender algunas traductoras de voz bajita, mientras en la mesa delante mía tres muchachos de 25 a 30 años leían grupalmente y ocasionalmente debatían apuntes en mesa. En alguno de mis altos, o cambios de grabación, escuché frases sueltas. Pero más que el contenido, notaba que había un gran apego a las frases de los libros. Parecían seguir una ciencia más exacta que empírica.

¿Derecho? Tuve la certeza que eran estudiantes de derecho, algo demorados en terminar su carrera por algún factor extraño. Seguí con mis notas. En un momento, escucho que aluden al periodismo. Casualidad. Y seguí con lo mio.

Cuando terminé una nota y las desgrabaciones del día habían sido suficientes, me desconcentré y puse más atención en lo que decían mis compañeros de bar. Efectivamente, hablaban del periodismo. Estaban estudiando alguna materia de Comunicación, muy probablemente. Escuché frases como “el periodismo de investigación enriquece el debate” o cosas similares. Jamás sabré si estudiaban Comunicación o una materia del tema dentro de otra carrera. Pero no pude dejar de pensar en el abismo que separan a la teoría de la práctica, más en materia de periodismo, que no deja de ser oficio, que el negocio convirtió en carrera universitaria. Porque si miramos los resultados, no puede decirse que la necesidad de profesionalizar a ese oficio fue lo que instó a los claustros a sumar esa temática: hoy en día las mejores prácticas del periodismo siguen estando más en manos de viejos conocedores del oficio, formados incluso por fuera de la educación formal, antes que por los egresados de insignes universidades.

Pagué, dejé una propina acorde al 10 por ciento por que siempre vuelvo al Andén. Y me preguntaba si esos tres colegas de sitio dentro de algunos meses o años serán periodistas. No lo se, solo espero que no se choquen con la realidad duramente, o mejor: que no terminen trabajando en empresas que bastardean al periodismo al utilizarlo como herramienta para hacer marketing. No porque sea indigno trabajar de eso, sino porque quedarán atrofiados de por vida.

El conocimiento infinito o dinámico

Preparando una charla para un taller, me acordé de aquello que siempre se dice sobre no enseñar todo, porque sino los alumnos amenazan el protagonismo (o las fuentes de trabajo) de quien enseña. Sería algo así como “no avivar giles”.

Quienes tienen esa concepción, probablemente se hayan formado antes de los ochenta, cuando existía la sensación de que el conocimiento había llegado a su techo. Es decir, sin ideas nuevas o situaciones de cambios constantes, se producía el efecto de la bandeja de medialunas. Cuando el horno cierra su producción, lo que queda en la bandeja es todo lo que hay. Quien se duerme, se queda sin su porción.

Esto se asimila, en el sentido que si el conocimiento es todo lo que está a la vista, y nada más, pues compartirlo todo nos equipara y nos anula las ventajas sobre quienes están aprendiendo.

Nada más disparatado en los tiempos que corren que esa idea. Porque el conocimiento tiene movimiento, y la tecnología está ayudando a que así sea. La revolución social que está causando la inclusión de tecnología en los quehaceres cotidianos de la vida, traen consigo un sinnúmero de cuestiones, de problemas que antes no existían, de dilemas que antes no se planteaban. Así, surgen nuevas cuestiones que hacen que el conocimiento tal como lo teníamos hasta ahora, pueda compartirse y así y todo, dentro de un año no vamos a estar con las mismas ideas. La bandeja de facturas tendrá más cantidad y más opciones.

Las dos puntas

Leo recién en Clarin: “Desbaratan una red de narcotráfico que operaba en Capital: nueve detenidos. Hubo dos operativos simultáneos realizados por Gendarmería en la villa 31 y en un lujoso departamento de avenida del Libertador al 8.000.”
Ni Menem logró unir los dos extremos sociales como lo hace la droga. Villa 31 y lujosos pisos en Libertador, contraste absoluto. Y a que no saben quién gana más, quién se expone menos y, obviamente, quien recibe menos penas. ¿El de la villa o el del “lujoso departamento”?

Donde están los alumnos

Todavía recuerdo esa sensación de caminar las seis cuadras que separan mi hogar del Nacional Avellaneda, y a menos de dos cuadras ir encontrándome con compañeros del colegio o de mi propia división. Y la cuadra final, cuando era necesario bajarse al pavimento para seguir avanzando.

No tengo la menor idea de cuántos éramos, pero sin dudas era un batallón de estudiantes. El primer año me tocó todos varones y de uniforme, pero al año siguiente ya fue un año full democracia, y con los aires de liberación llegaron las chicas -que usaron jumper apenas unos meses- y luego volaron los uniformes, las corbatas y la mayoría de los escuditos (Aunque al mio lo conservo desprendido de la felpa que venía con el gancho para prendérselo).

Insisto: no puedo precisar el número, pero la sola idea de una esquina tomada de estudiantes, por El Salvador, por Humboldt, creo que ya ofrece una imagen… ¿700? ¿900? ¿1.200?

Y no era el Avellaneda solamente. El Naciones Unidas -lindante con el edificio donde regresaba cada tarde- tenía a su mayoría de chicas, de guardapolvos blancos, con apenas algunos chicos. Y eran cientos.

Hoy al mediodía, los chicos de ese mismo colegio hicieron una vuelta olímpica al estilo Nacional Buenos Aires, pero con aires de pobre. Pobre no sólo por la diferencia de status, sino principalmente por la carencia de alumnos. Miré desde arriba, y no serían más de 80 los que estaban en el horario más concurrido, el del recambio de turnos. Pensé en los demás colegios, y la imagen no difiere: tampoco voy a arriesgar más cifras, pero la imagen no es la misma que hace 20 años, cuando dos calles se aborrataban de pibes tan vagos como antes y como ahora, pero que al menos tenían acceso al estudio.